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Os compartimos a continuación el mensaje que la Delegación diocesana de Familia y Vida ha emitido, en el que reflexiona sobre cómo esta “situación imprevista que estamos viviendo con la COVID-19” ha contribuido a fortalecer la familia y a raíz de la cuál es necesario “pensar en una nueva etapa de la Pastoral Familiar”.

“Todos en salida”

La situación imprevista que estamos viviendo en la sociedad con el Covid-19, parece haber acelerado la finalización del Curso académico y Pastoral y haber frenado la vida con el confinamiento en nuestras casas. Haciendo referencia a la Pastoral Familiar vemos que no ha sido así, sino que está contribuyendo a reforzarla.

Próximo a finalizar un curso nos preguntamos ¿finaliza toda una forma de vivir nuestra pertenencia a la Iglesia? ¡No! ¡No es eso!

Para resumir algo de lo que a nivel personal y social estamos viviendo con la infección del Covid-19, las palabras “familia” y “vida” resumen muy bien nuestros pensamientos.

Compartimos una reflexión sobre cómo este tiempo de pandemia nos invita a pensar en una nueva etapa de la Pastoral Familiar.

Cerrados los templos en este estado de alarma, las casas se han convertido en lugares donde se ha rezado, se ha compartido la Palabra de Dios, se ha bendecido la mesa, se ha seguido la misa por internet o televisión, donde se ha aplaudido como agradecimiento por los que han cuidado de nosotros, donde se ha ayudado a esa familia vecina o a esa persona mayor de nuestro barrio, donde se han hecho llamadas telefónicas a los grandes olvidados… y todo hecho en familia.

La “familia” ha sido la protagonista de este tiempo de confinamiento en nuestras casas. Experiencia doméstica, familiar, de padres e hijos, coincidiendo en horarios, en espacios, en tareas, en alegrías y en sufrimientos. La familia ha sido una verdadera “iglesia doméstica”. Familia que, en una pandemia, ha dado testimonio de su fe mediante hechos concretos y familia que se enfrenta ahora al gran desafío de las necesidades como la pobreza, el paro, la soledad… que se están viviendo ya a nuestro alrededor y que tan profundamente nos interpelan. Hemos pasado de una cultura del descarte a una cultura de la solidaridad, del encuentro y de la ternura, aunque sea con mascarillas, guantes y distancia interpersonal de seguridad.

La “vida” ha sido golpeada desde el primer momento en que empezaron a describir el grado de letalidad de este virus. Muchas muertes a nuestro alrededor, muchas vidas truncadas y familias destrozadas, difíciles momentos que no han podido ser vividos en familia, con entierros casi en soledad, de imposibles despedidas en residencias u hospitales por el obligado aislamiento. La vida, a la que le hemos dado gran valor ahora, su necesaria protección (hasta en edades avanzadas), la vida, que queremos para nosotros y para los demás, una vida para disfrutarla en libertad y con los nuestros, una vida plena. El confinamiento no ha sido obstáculo para seguir atendiendo a esas madres necesitadas de acompañamiento y alimento para su bebé gracias a nuestros voluntarios en defensa de la vida en un trabajo conjunto con las autoridades civiles. Cómo tampoco para que los COF tuvieran abiertas sus puertas vía telemática al acompañamiento requerido.

Ahora que empezamos las fases de “desescalada”, purificados por el sufrimiento, hablamos de “una nueva forma de vivir nuestra pertenencia a la Iglesia”.

Es tiempo de recordar lo anunciado poco antes de empezar esta pandemia en el Congreso de Laicos, los cristianos sabemos que hemos sido llamados para vivir una vida, pero una vida “en abundancia” (Jn 10, 10). En este Congreso en Madrid (14-16 de febrero de 2020) se habló de “los desafíos de un cambio de época” y realmente así está sucediendo. Y la propuesta hecha en este nuevo Pentecostés era la de hacer una Iglesia en salida. El mensaje de Cristo Resucitado fue que la vida ha ganado la partida a la muerte, que Él ha triunfado, y con su paz nos dice cariñosamente en este tiempo  de incertidumbre “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28, 12).

Nosotros podemos hablar de “familias en salida”, es decir, familias capaces de transmitir con alegría el tesoro del Evangelio, hacer de nuestras familias unas familias misioneras, cada una dentro de sus ambientes concretos. Familias al servicio de los más pobres y vulnerables, como una de las dimensiones esenciales de esta misión. Familias que desde sus parroquias, movimientos, comunidades y asociaciones, en unión con los sacerdotes, hacen ya un nuevo “primer anuncio” con su testimonio de vida y deben seguir haciéndolo en esta sociedad “postpandemia”.

Son momentos de reflexión que nos llama a una Conversión pastoral, ecológica, integral… es decir, empezar desde el principio, recordando nuestro “primer amor” como cristianos, como esposos, como padres…

Todos en “salida” pero no solo para pasear, hacer deportes y reunirnos en las terrazas… Todos en salida para anunciar una esperanza cierta, para escuchar y acompañar a quien lo necesita, para compartir nuestros bienes, dar un “alma” a la sociedad…y con una presencia “mariana” hacer de nuestra casa común el “sueño de Dios”.

Terminamos con las palabras que el Papa Francisco nos dirigió: “Y este Pueblo de Dios en salida vive en una historia concreta, que nadie ha elegido, sino que le viene dada, como una página en blanco donde escribir. Está llamado a dejar atrás sus comodidades y dar el paso hacia el otro, intentando dar razón de la esperanza (1P 3, 15), no con respuestas prefabricadas, sino encarnadas y contextualizadas para hacer comprensible la Verdad que como cristianos nos mueve y nos hace felices” (Mensaje al Congreso Nacional de Laicos. Madrid, 2020).

La Delegación de Pastoral de Familia y Vida de la Archidiócesis de Sevilla, con todos sus colaboradores, también nos ponemos “en salida”, iniciando ya un proceso de reflexión, para abordar el curso próximo con mucha fe, esperanza y caridad.